Me dejo caer sobre las rodillas. No
siento las piedras que se clavan en ellas, no siento el polvo que
impregna mi piel, no siento el frío de la noche. Mi cuerpo descansa
sobre sí mismo y desprende vapor, cortando el aire y elevándose,
como si mi alma estuviese escapando, señal de vida.
Abrazo el aire con los pulmones y miro
al cielo, el cuello cruje como si fuese el último aullido de la
noche. La luna será el único testigo, arrojando un rayo de luz a mi
espalda, que me fulmina en una sombra.
El viento seca mis lágrimas y
ensordece mis pensamientos.
El tiempo dispara.
Y yo beso mi sombra, en un “juntos,
hasta que la muerte nos separe”.
