Entre 20 niños y un sol sofocante hoy
descubrí cual es la verdad sobre mi trabajo y la realidad se volcó
sobre mi.
Un socorrista básicamente es pagado
para ver cómo la gente se lo pasa bien. El verdadero desafío está
en soportar una tortura de un mínimo de ocho horas, en la cual la
gente no para de sonreír mientras tu luchas por respirar un poco de
ese aire veraniego, viciado de calor y humedad; esa humedad que
desprende el suelo cuando el agua ya no soporta más ser un líquido.
Pero la parte interesante de la
historia no es esa.
Me vi a mi mismo sentado en el sofá de
casa, como cualquiera de esas personas que se quedan pegadas por el
sudor mientras la tarde los consume y el televisor los fuma. Caí en
la cuenta de que me estaba entreteniendo mirando a esa gente y pensé
que el hecho de entretenerse es triste de por sí y, así mismo, que
hay mucha gente triste.
Porque el hecho de entretenerse no
implica diversión alguna, como mucho va acompañado de una falsa
felicidad que no deja de ser extremadamente curiosa. A la cabeza se
me vienen mil ejemplos de programas de televisión en los que, si
eso, los que se lo pasan bien son los propios participantes ¡y los
espectadores se ríen! Se ríen desde su sofá, sentados, encerrados
en su casa, de como otras personas se lo pasan bien, no ellos. Ellos
simplemente están ahí, han sido puestos ahí, aparcados por la
sociedad y chupando electricidad como si fuese gasolina, esnifando
gasolina.
Es difícil distinguir entre diversión
y entretenimiento porque la segunda se está convirtiendo en un buen
sustituto de la primera para aquella gente que no se detiene a pensar
o más peligroso aún, que no quiere pensar.
Luego de entretenerme fuí a la playa a
divertirme.
Y'ya'sta
