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Aquel día en la playa

Estaba en la orilla, mirando mis pies. Entre los dedos asomaban piedras de todos los colores sumergidas en mil historias a lo largo de un tiempo inimaginable. Blancas, marrones, rosadas, grises, todas ellas hermosas y relucientes, adornadas con mil brillos plateados, transformándose cada una en una piedra preciosa.

El agua pasaba entre mis piernas y me hacía desaparecer en la arena, tropezando torpemente con cada ola, bamboleándome en una daza extraña. 

Me sumerjo y cierro los ojos, imaginando que floto en el espacio, donde todo es silencio y me dejo llevar por la corriente hasta que, inevitablemente, vuelvo a aparecer.

Boca arriba, con los brazos cruzados tras la cabeza y tumbado sobre el agua a merced del mar, el sol vuelve a iluminarme la cara. Respiro profundamente para flotar y, en ese momento, dejo de ser yo.

Las ondas del mar me mecen y me recuerdo a El Viejo, a la espera de su emperadora.

El arrullo de la arena, atormentada bajo mi espalda por las corrientes, se dibuja en mi cabeza como remolinos otoñales, donde el calor es un recuerdo lejano.

El frío desinflama la piel, y ya no sientes el ardor, porque las olas, en su incansable trabajo, te hacen olvidar.

Solo estoy, El Viejo y el mar.





El gato cósmico

Cuenta una antigua leyenda teng-haan (克阿里漢), de la China milenaria, que el último día del verano, un ser místico con forma de gato sobrevuela los cielos trayendo consigo la primera hoja caída del otoño. El gato, a su paso por el cielo de la región, rasca su hocico azul y estornuda (打噴嚏), meciendo con el aire los altos árboles que bañan los campos. Si el aire es frío, el gato augura un buen invierno; por el contrario, si los vientos son cálidos, a menos que caiga la última hoja del último árbol del vasto campo, el invierno será devastador.



Lost in each other's arms



Perdámonos. Perdámonos entre risas, perdámonos hasta el amanecer, columpiándonos en nuestros miedos y nuestras alegrías. Vayamos de viaje donde nuestras conversaciones desvaríen e improvisen, como el buen jazz. Sigamos la luz roja que hay al final del túnel, porque el camino, si bien iluminado, solo nos puede dar placer.