El agua pasaba entre mis piernas y me hacía desaparecer en la arena, tropezando torpemente con cada ola, bamboleándome en una daza extraña.
Me sumerjo y cierro los ojos, imaginando que floto en el espacio, donde todo es silencio y me dejo llevar por la corriente hasta que, inevitablemente, vuelvo a aparecer.
Boca arriba, con los brazos cruzados tras la cabeza y tumbado sobre el agua a merced del mar, el sol vuelve a iluminarme la cara. Respiro profundamente para flotar y, en ese momento, dejo de ser yo.
Las ondas del mar me mecen y me recuerdo a El Viejo, a la espera de su emperadora.
El arrullo de la arena, atormentada bajo mi espalda por las corrientes, se dibuja en mi cabeza como remolinos otoñales, donde el calor es un recuerdo lejano.
El frío desinflama la piel, y ya no sientes el ardor, porque las olas, en su incansable trabajo, te hacen olvidar.
Solo estoy, El Viejo y el mar.
