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La verdad desnuda

Aquella tierra no parecía terrenal. Estamos acostumbrados a verla en su forma civilizada, domesticada, pero allí, allí el monstruo está en libertad. No, aquella tierra no era de este mundo, y los hombres eran... No, no eran inhumanos. Y, ¿saben ustedes?, la sospecha de que no fueran inhumanos era lo peor. Se le venía a uno a la cabeza lentamente. Aullaban, y saltaban, y daban vueltas, y ponían caras horribles; pero lo que te aterraba era pensar que, como tú, eran humanos, la idea de que guardabas un remoto parentesco con aquella exaltación salvaje y apasionada. Desagradable, sí, era muy desagradable; pero si eras lo bastante hombre, acababas por admitir que había en ti, aunque no fuera más que la débil huella de una reacción ante la terrible franqueza de aquel alboroto, la leve sospecha de que aquello poseía un significado que tú- tú, que tan alejado creías estar de la noche de aquellos primeros tiempos- podías comprender. ¿Y porqué no? La mente del hombre es capaz de todo, porque en ella está todo, tanto el pasado como el futuro. Al fin y al cabo, ¿que era lo que allí se congregaba? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, odio -¿quién pordía decirlo?-, pero, por encima de todo, la verdad desnuda, sin el velo del tiempo.

-El corazón de las tinieblas-